El honor de ser mujer.

Hombres necios que acusáis a la mujer… ¿Sin razón?

Desde hace ya varios años ha sido notable como en su gran mayoría las mujeres actuales han perdido la esencia de su femineidad. Muchas podrán argüir que la anterior afirmación es falsa, basándose en el hecho de que hoy en día podemos ser más “femeninas” porque se nos está permitido usar grandes escotes o diminutas polleras. Es con ellas, la gran mayoría, con quienes difiero. Y a raíz de mis sistemáticas observaciones a decenas, centenas y miles de mujeres es que mi análisis me ha llevado a concluir lo siguiente: estas mujeres han adoptado un concepto de femineidad totalmente tergiversado por los que desean hacer de ellas meramente un objeto carente de valor.

Pongamos bajo la lupa a las mujeres actuales. En muchos casos manifiestan una falta de espiritualidad y buscan llenar su vacío emocional mediante la acumulación de adquisiciones materiales. Para que esta tarea les sea más fácil, se ha impulsado la creación de incontables shoppings y enormes tiendas que las puedan alojar por horas durante una maratón de compras que las mantenga entretenidas y, mientras tanto, deje rédito económico a las grandes marcas. La idea de que el consumismo es un buen remedio para la depresión ha sido fomentada en series de TV, películas y otros productos mediáticos que suelen tener llegada en las mujeres. Sin embargo, no se promueve en tal medida el autoanálisis, el contacto con nuestro ser femenino interior, la valoración de nuestra espiritualidad y todo aquello que nos anime a trascender como mujeres más allá del plano material.

En el caso de las más jóvenes, está a la vista como no sólo se desvalorizan espiritualmente, sino también físicamente. Debido al auge de ciertas modas (también apodadas “tribus urbanas”), las mujeres que quieren sentirse “diferentes” atentan contra sus cuerpos con todo tipo de perforaciones de distintas formas y tamaños, como así mismo tiñen sus delicadas pieles con incontables tatuajes. A partir de entonces, transforman lo que naturalmente ha sido digno de la adoración por parte del sexo opuesto en un mero cúmulo de metales y tintas.

Otra manera en que las jóvenes mujeres devalúan sus cuerpos es ofreciéndolos, sin reparo alguno, a la exposición pública. Mientras que antiguamente el cuerpo de la mujer era tan sagrado (para ella y por ende así lo veían también los hombres), hoy por hoy, se ha convertido en simplemente carne. El hombre ya está habituado a ver mujeres cuasi desnudas – y completamente desnudas – en la vida cotidiana, tanto en los medios de comunicación masiva como en cualquier ámbito en que se encuentre con ellas: trabajo, comercios, gimnasios, bares, lugares de socialización o en plena calle. Los hombres, entonces, se encuentran bombardeados por esbeltas figuras que se muestran sin tapujos en todo momento del día y en cualquier lugar, y, lógicamente, éstas despiertan sus más bajos instintos… Y lo que antes era respetuosamente admirado, pasó a ser objeto de uso para la pura satisfacción de placeres carnales. Y es aquí cuando también debe notarse que la mujer ha perdido su orgullo. La entrega de sus pasiones sexuales solía ser destinada al hombre a quien ella elegía por sus atributos físicos, espirituales e intelectuales, y con quien se comprometía a compartir un futuro. En la actualidad, la mujer promedio no duda en ofrecer su cuerpo al primer hombre (y por qué no, mujer) que se cruza por su camino, con el sólo objetivo de saciar su sed de placer y sin pensar en el desgaste del valor de su imagen y femineidad. Y otra vez (¿casualmente?), este tipo de hábitos es avalado y promovido por muchos productos mediáticos, lo que hace que estas tendencias se asienten y pierdan la seriedad con que deberían verse.

Como consecuencia de la previamente mencionada promiscuidad reinante en las mujeres actuales, es creciente el número de embarazos no deseados, y por ende crece también la desvalorización del rol de la mujer como madre. Tradicionalmente, la mujer ha sido la encargada de criar y educar a sus hijos para constituir una familia sana que deje una descendencia digna de prosperar. No es en verdad nada exagerado decir que es la mujer, en su rol de madre, quien conforma la base sólida de una familia. Pero, ¿cómo será eso posible si esta mujer que debe ser un pedestal no está siquiera preparada para cuidar de sí misma? ¿Cómo puede cimentar esta estructura cuando no hubieron ni remotos planes de que existiera? ¿Cómo puede llevar a cabo tan sacrificada tarea si ni siquiera ama al que será el otro sustento de su futura familia?

Todas estas actitudes por parte de las actuales mujeres son patrocinadas por los grandes movimientos “feministas”, que nos alientan a las jóvenes – y no tan jóvenes – a desprestigiarnos como mujeres, tratando de convencernos por todos los medios posibles de que debemos ser iguales o más que los hombres, pese a que en el camino perdamos nuestra sensibilidad y espiritualidad, nuestro cuerpo, nuestro orgullo y nuestro valor como ser procreador en el mundo. Buscan persuadirnos levantando las banderas de nuestros derechos, pero en realidad están matando la esencia de nuestra femineidad y creando una falsa que se adapte a sus intereses. Nos están despojando de nuestros valiosos tesoros y dejándonos vacías en una vertiginosa corriente…

Es por todo esto que, si nos amamos a nosotras mismas, debemos despertar; reaccionar frente al desafío de ser mujer y asumirlo. Debemos mirarnos a los ojos y decidir qué queremos como mujeres. Ningún hombre, ni otra mujer, nos respetará ni valorará a menos que primero nos respetemos y valoremos a nosotras mismas. No podemos condenar al resto por denigrarnos si somos en realidad nosotras quienes nos hacemos daño y nos autoengañamos para eximir nuestras culpas.

El mundo necesita mujeres de verdad para que también existan hombres de verdad. Como mujeres, animémonos a redescubrir nuestra femineidad y cuidémosla celosamente como nuestra joya más preciada.

Melisa Carucho

Agosto 2013

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Archivado bajo Argentina, Artemisas, Espíritu Guerrero, Feminidad

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