¿Qué significa ser varón o ser mujer?

¿QUÉ SIGNIFICA SER VARÓN O SER MUJER?

 

ALGUNAS REFERENCIAS EXTRAÍDAS DE TRADICIONES MILENARIAS

 

I. LOS DOS SEXOS COMO EXPRESIONES DE LOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DEL SER Y LA EXISTENCIA: 

 

Tradicionalmente, la condición masculina ha sido interpretada como símbolo del principio sobrenatural y eterno. Mientras que la condición femenina ha sido significada como representación de la naturaleza y el devenir.  

 

Más específicamente, en la “Weltanschauung” de la Antigua Grecia, varón era el “uno” (“to én”), que “está en sí mismo”, vale decir, que contiene su propia sustancia y porta su propia razón de ser. La masculinidad, por tanto, implicaba completitud y suficiencia. Paralela y complementariamente, “femina” era la díada, principio de lo diverso y de lo “otro de sí”. Consecuentemente, se asignaba naturaleza femenina al deseo y el movimiento; fuerzas, éstas, que, por lo común, remiten hacia “afuera” de uno mismo, hacia lo “otro”, delatando la ausencia de autosuficiencia.  

 

Similar simbología podemos encontrar en el “Samkhya”, la más antigua de las seis doctrinas clásicas (“dárshanas”) del Hinduismo. De acuerdo con este antiquísimo sistema cosmogónico, el “purusha” (espíritu impasible) es varón. En tanto que la “prakrti” o “prakriti” (matriz activa de toda forma condicionada) es fémina.  

 

Llamativa es la semejanza que nos ofrece la cosmovisión de la Antigua China: la dualidad cósmica del “yang” y el “yin” también revestía connotaciones sexuales. El “yang” constituía el principio masculino y estaba asociado a la “virtud del cielo”. Mientras que el “yin” constituía el principio femenino y se encontraba relacionado con la “virtud de la tierra”. En consonancia con estas nociones fundamentales,los filósofos de la dinastía Sing enseñaban que el Cielo “producía” a los hombres y la Tierra, a las mujeres; debiendo estas últimas estar sujetas a los primeros, de la misma manera que la Tierra lo estaba respecto del Cielo.

 

II. RELACIÓN DE AMBOS PRINCIPIOS ENTRE SÍ: 

 

Considerados en forma separada, los dos principios en cuestión (el masculino y el femenino) se presentan en oposición recíproca. Sin embargo, analizados como parte de un sistema integral e, incluso, holístico, ambos principios aparecen como elementos de una síntesis, en la cual -sin embargo- cada uno de ellos mantiene una función propia. Se trata, al decir de Julius EVOLA, de una “formación creativa”, que en muchísimas ocasiones ha operado como “alma” del “mundo tradicional”. (1)

 

III. NATURALEZA DEL PRINCIPIO MASCULINO: 

 

El principio masculino apunta y conduce a la auto-afirmación. Auto-afirmación, ésta, entendida como salto trascendente o, mejor, como arraigo en “una vida más allá de la vida”. (2)  

 

Por esto mismo, la auto-afirmación es concebida -paradójicamente- como una ofrenda del propio ser. Una ofrenda de sí que no está referida a un “otro” (como se atribuye a la mujer). Sino, en cambio, una donación personal -incondicional y, por tanto, absoluta- a un ideal sobrenatural.  

 

Consecuentemente, tradicionalmente se ha entendido que la virilidad se ha manifestado en el plano espiritual de dos maneras diferentes. A saber: por la “Acción” y por la “Contemplación”. De esta manera se da lugar a dos “vías” distintas de superación y liberación. Por la “vía” de la “Acción” transitan los “Guerreros”, es decir, quienes desarrollan una “espiritualidad heroica” (en el sentido más específico de la expresión) hasta -llegado el caso- el “sacrificio” de la propia vida. Por la otra “vía”, la de la “Contemplación”, se aventuran los que desean convertirse en “Ascetas”, esto es: quienes aspiran al total “desapego” de los bienes de este mundo.  

 

En suma, por ambos “caminos”, la masculinidad se consolida y desarrolla. Se trata de “vías” abiertas por la naturaleza del varón, en aras de su propio perfeccionamiento. El “Guerrero Heroico” y el “Asceta” son los dos tipos fundamentales de la “virilidad pura”. (3) 

 

IV. NATURALEZA DEL PRINCIPIO FEMENINO: 

 

Por su parte, el principio femenino “mira hacia afuera”; es decir, refiere a “otro”. Dicho principio constituye una tendencia hacia una “solidez” externa, típicamente “masculina”. “Solidez”, ésta, que, una vez encontrada por la mujer, le aporta una “estabilidad”, transfigurando íntimamente sus posibilidades. (4)  

 

En virtud de esta entrega total (requerida por su propia naturaleza), la mujer experimenta una conversión interior. Se constituye como “potencia”, vale decir, como “fuerza instrumental generadora”, que recibe del varón “inmóvil” el “principio primero del movimiento y de la forma”. (5)  

 

Esta es la noción que subyace debajo de la doctrina hinduista de la “Sakti” o “Shaktí”, que puede ser interpretada como la personificación femenina de la potencia de una deidad masculina, “Deva” (más concretamente, la “Sakti” era imaginada como esposa de dicha deidad). Sin perjuicio de ello, la “Sakti” hacía referencia a toda divinidad femenina y, más específicamente, a su fertilidad (potencia generatriz). De este modo, cada “Sakti” llegó a ser concebida como un aspecto o parte de la Gran Diosa DURGÁ o KALI. 

 

En las representaciones simbólicas tántrico-tibetanas, el varón “portador del cetro”, constituido de luz, se encuentra inmóvil y frío.Mientras que la “Sakti” que, adoptándolo como su propio eje, lo envuelve, se sustancia en una llama móvil. Es muy claro el significado que, en relación a las realidades humanas, esta imagen contiene: la mujer, movida por el principio femenino, busca el “eje” de su propio ser en el hombre, adquiriendo -de esta manera- sustancia y luz.  

 

Desde luego, la representación en cuestión parte del supuesto de un varón pleno, es decir, completamente “auto-afirmado” y, por ello mismo, “inmóvil” e “inamovible”. Por ello se lo asume como “portador del cetro”. Por lo demás, la significación erótica de la imagen es obvia; lo que no debe sorprendernos, toda vez que, para las tradiciones aquí tratadas, el sexo de cuerpo era expresión del sexo del alma y el espíritu. Tal como ya hemos indicado en otras ocasiones, desde esta perspectiva, la virilidad y la feminidad son vistas como condiciones integrales, que atraviesan íntegramente la compleja estructura de nuestro ser humano.  

 

Ahora bien, la realización de la mujer como tal, también ha sido concebida como “ofrenda”, al igual que en el caso del varón. Sin embargo, a diferencia de éste, su auto-donación está referida a un “otro”. Es por ello que, así como el hombre perfeccionado ha sido visto en el “Guerrero” y el “Asceta”, la plenitud de la fémina ha sido referida a la “Amante” y la “Madre”.  

 

En efecto, la “Amante” y la “Madre” constituyen los dos tipos ideales del ser femenino (análogos a los tipos ideales masculinos: el “Guerrero” y el “Asceta”). La primera ha sido catalogada -en términos helénicos- como “Mujer Afrodítica” y su “otro”, al que se entrega, es el hombre al que ama. (6) En cambio, la segunda ha sido categorizada -también en términos de la Antigua Grecia- como “Mujer Demétrica” y su “otro”, constitutivo de su “eje”, está dado por su hijo.  

 

Cabe aclarar aquí que estas “vías”, derivadas del principio femenino, no necesariamente se oponen -por sí solas- al sacerdocio de las mujeres, admitido por algunos cultos y religiones. Este tipo de sacerdocio tradicionalmente ha revestido carácter “lunar”. Sólo en el contexto de las culturas inferiores o bien, en los momentos de decadencia de las culturas más elevadas, el sacerdocio femenino ha abandonado dicho carácter, usurpando “el vértice jerárquico”. (7) Así las cosas, más que indicar una nueva “vía”, “expresaba un potenciamiento (sic) del dharma (8) femenino como absoluta cancelación de cada principio personal para dar libre espacio por ejemplo a la voz del oráculo y del dios”. (9)

 

Las exigencias de tal sacerdocio no deben ser confundidas con el “desapego” del “Asceta”. Actitud fundamental, ésta, del mentado arquetipo viril, que está referida a los bienes de este mundo. Tal como lo ha indicado EVOLA, el sacerdocio femenino, tradicionalmente, ha implicado -más bien- un “anonadamiento” personal.

 

Paradójicamente, este “anonadamiento” puede ser comparado -a grandes rasgos- con varias de las múltiples y diversas formas que ha asumido la espiritualidad cristiana. De allí la acusación de “feminizante” que, no sin exagerar, se han dirigido más de una vez en contra del Cristianismo, desde los sectores tradicionalistas neo-paganos.  

 

Arribada nuestra exposición al presente punto, es preciso aclarar que, para la “encarnación” de los aludidos tipos ideales femeninos, también es necesario el heroísmo. Más específicamente, un heroísmo que conduce a la entrega absoluta (así como el heroísmo viril propende a la afirmación absoluta). La mujer plena es aquella que ha hallado en su varón amado o bien, en sus hijos, “el sentido de la propia vida, la propia alegría, la propia justificación”. (10/11)  

 

Sin perjuicio de ello, de acuerdo con las concepciones tradicionales aquí analizadas, la mujer y el varón quedan posicionados en el mismo nivel de superación personal y elevación espiritual, cuando cada uno avanza heroicamente por sus respectivas “sendas”. El hombre, como “Guerrero” o “Asceta”. La mujer, como “Amante” o “Madre”. En todos estos casos, tanto varones como féminas pueden arrojar luz esplendorosa y ser pródigos en frutos espirituales. 

 

Si bien de diferentes maneras y con distintos grados de amplitud, la aludida equivalencia fue expresamente reconocida por diversos sistemas de creencias y ritos de la Antigüedad pagana. Así, verbigracia, en la tradición nahua y azteca, la inmortalidad celeste que se adjudicaba a la aristocracia militar, era extensiva a las madres muertas en ocasión y con motivo del parto. Este desenlace era interpretado como un sacrificio análogo al del guerrero caído en el campo de batalla. 

 

V. LA VIRGEN MARÍA COMO ARQUETIPO FEMENINO: 

 

En el Cristianismo, la VIRGEN MARÍA es presentada como la Mujer Ideal. Su entrega a DIOS (UNO Y TRINO) fue tan radical e incondicionada como pura y generosa. Esta donación absoluta de sí, declarada solemnemente con su célebre “Fiat” y renovada permanente y heroicamente hasta el final de su estancia en este mundo, convirtió a la Santa Doncella de Galilea en HIJA DILECTA DE DIOS-PADRE, ESPOSA DE DIOS – ESPÍRITU SANTO y MADRE DE DIOS-HIJO.

 

Además, por su auto-oblación sin reserva, MARÍA fue elevada a Altísimas Dignidades, como REINA DE LOS ÁNGELES, REINA DEL UNIVERSO, REINA DE LA IGLESIA y MADRE DE TODOS LOS HOMBRES. Más aún: en virtud de su extraordinaria entrega total a ese “Otro” especialísimo (DIOS, UNO Y TRINO), MARÍA logró superar el límite de la muerte biológica, siendo asunta en cuerpo y alma a los Cielos.  

 

MARÍA es “la” Mujer. No en vano, su propio Hijo, JESUCRISTO, sedirigiría a ella, desde la Cruz, ya no como “madre” sino como “mujer”. (12) Ahora bien, ¿cuál fue su principal mérito para que le fuera posible obtener tan extraordinaria Gloria Sobrenatural? Su entrega absoluta: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. (13) 

 

VI. INTERPRETACIÓN ALTERNATIVA DE LA “CAÍDA” PRIMORDIAL: 

 

En muchos casos, el mito de la “caída” original ha constituido una alusión velada a un extravío del principio masculino en el principio femenino. Una suerte de enajenamiento del primero, tendiente -en última instancia- a la adquisición del modo de ser del segundo. 

 

Tal cosa sucede cuando el varón se abre a las fuerzas del “deseo”, para quedar embargado por las mismas; es decir, subyugado por una “ley” ajena. De esta manera, rompe su propio “eje” interior y se “ablanda”, para terminar desnaturalizándose, es decir, perdiendo su esencia viril. En suma, de acuerdo con los sabios antiguos, los seductores “cantos de sirena” de los “deseos” implicaban un grave riesgo para la masculinidad. Ello así, pues, implicando ésta el soberano ajuste del yo a la propia “ley” intrínseca, aquéllos -en cambio- convocan a la voluntad individual en un sentido extrínseco, imponiéndole una heteronomía degradante.  

 

Varios son los relatos religiosos, míticos y legendarios en los que podemos vislumbrar este efecto alienante que los sabios antiguos atribuían a los “deseos” en relación a los varones. Así, verbigracia, en el mito griego de APOLO y DAFNE, el apasionamiento del primero por la segunda fue consecuencia de una maldición de EROS. En la mitología griega, este última era el Dios primordial de la atracción sexual, el sexo y el amor.  

 

De acuerdo con el referido mito, APOLO, Dios olímpico y solar, emblema masculino por excelencia, se burló del joven EROS porque pretendía jugar con un arco y unas flechas. Al hacerlo, se refirió a él como “joven afeminado”, para mayor agravio del mismo. (14) Resentido, EROS asestó una flecha de oro en el corazón de APOLO, para luego disparar una flecha de hierro contra la ninfa DAFNE. La flecha áurea producía enamoramiento, en tanto que la de hierro, rechazo y odio. 

 

Otro ejemplo, hindú: SIVA, el gran asceta de las “alturas”, una de las tres Personas Divinas de la “Tri-murti” (15), con su sola mirada, redujo a cenizas a KAMA, Dios del amor, por haber intentado despertarle pasión por su esposa PARVATI.  

 

En idéntico sentido, podemos citar otra leyenda hindú, relativa al KALKI-AVATARA, sumamente interesante y elocuente. En ella se habla de una mujer que no podía ser poseída por nadie, porque los hombres que, atraídos por ella, se le acercaban, eran convertidos en mujeres. Esta transformación sufrida por los varones era producida por el simple hecho de haber cedido a la atracción generada por aquella fémina. 

 

A la luz de las reflexiones volcadas en el presente apartado, se puede entender fácilmente por qué razón se miraba a la mujer con cierta desconfianza en el marco de algunas tradiciones antiguas. Fenómeno, éste, que, en algunos casos, llegaba al extremo de anatematizar al sexo femenino, como principio de impureza, mal y pecado. Tal es el caso del Judaísmo, por ejemplo. 

 

VII. A MODO DE BREVE COLOFÓN: 

 

Más allá de la referida estigmatización, preciso es señalar que, desde la peculiar perspectiva “tradicional”, la feminización del hombre aparece como una auténtica tragedia. Ello es así no solamente porque la adquisición de características femeninas por parte de los varones, los desnaturaliza, impidiéndoles su realización personal. Sino también porque dicha transmutación degenerativa sume a la mujer en la inconsistencia ontológica y existencial.

 

A lo dicho menester es agregar que una tal distorsión, producida entre las personas humanas, provoca una perturbación del equilibrio universal. De esta manera, el ser humano se convierte en un factor de desequilibrio cósmico. Efecto, éste, que, según la sabiduría antigua, se produce por la sencilla razón de que los sexos humanos son manifestación de los dos principios que, en su oposición complementaria, imprimen orden, sentido y armonía a todo lo que es y existe. 

 

Por Pablo Javier Davoli

 

NOTAS

(1) EVOLA, J., “Rebelión contra el Mundo Moderno”, Ediciones Heracles, Lanús Oeste (República Argentina), 1.994, página 208. 

(2) EVOLA, J., obra citada, página 210. 

(3) EVOLA, J., obra citada, página 210. 

(4) Conforme: EVOLA, J., obra citada, página 209. 

(5) EVOLA, J., obra citada, página 209. 

(6) “Aquella que no traiciona a su esposo y cuyos pensamientos, palabras y cuerpo son puros, consigue después de la muerte la misma morada que su esposo” (Manavadharmacastra, IX, 29; reproducido por: EVOLA, J., obra citada, página 212). 

(7) EVOLA, J., obra citada, página 211. 

(8) “Dharma” es una voz sánscrita que puede ser traducida como “ley natural”, “virtud”, “conducta adecuada” u “orden social”. 

(9) EVOLA, J., obra citada, página 211. 

(10) EVOLA, J., obra citada, página 210. 

(11) Cabe aclarar aquí que este afán de entrega heroica, en algunos contextos, produjo prácticas que, a los ojos de muchos de nuestros contemporáneos, lucen absurdas e, incluso, aberrantes. Así, por ejemplo, las mujeres hindúes solían arrojarse voluntariamente a la pira funeraria de sus respectivos esposos, con la intención de seguir a los mismos en el más allá. Aquel auto-sacrificio de las viudas, en sánscrito, es denominado “sati”, de la raíz “as” y del tema “sat”, ser, del cual procede también “satya”, lo verdadero; y significa, asimismo, don, fidelidad y amor (conforme: EVOLA, J., obra citada, página 212). De manera análoga, las antiguas mujeres germánicas acostumbraban a quitarse la vida, cuando el esposo o el amante caía en la guerra. 

(12) “Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.- Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien el amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo».- Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa” (SAN JUAN, 19, 25 – 27). 

(13) SAN LUCAS, 1, 38.

(14) Así surge del relato que, sobre el particular, nos ha legado OVIDIO, en “Las Metamorfosis”. 

(15) La TRINIDAD DIVINA, según el Hinduismo; la cual se compone de: BRAHMÁ (Dios Creador), VISNÚ (Dios Preservador) y SHIVA (Dios Destructor). 

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