La visión de la mujer popular en la sociedad preliberal: figuras femeninas del Quijote.

La estela magnífica de la respetuosa y amorosa concordia entre los sexos de nuestra Edad Media pervivió de formas diversas hasta la revolución liberal. La consideración y prestigio social de la mujer, basada en la participación social en igualdad con los hombres, es un hecho que puede ser rastreado en la literatura tanto como en la historia.

 

La figura femenina en el Quijote merece una reflexión aparte. Nadie pone en duda que la ficción cervantina es una meditación profunda y personal sobre su época, y, por ello, los personajes femeninos muestran tanto la singular visión del autor, como la verdadera existencia material de las féminas en el contexto social y cultural que la novela recrea.

 

La lectura desprejuiciada de esta obra señera de la literatura universal nos permite muchas reflexiones profundas sobre la condición humana y derriba numerosos tópicos acuñados por la teoría del progreso. Cervantes presenta dos perspectivas divergentes y complementarias sobre la mujer; por un lado, la mujer idealizada por el amor cortés, que no es una mujer real sino un símbolo de la rendición del varón ante la feminidad poetizada o imaginada y por otro, discurren por sus páginas muchas individualidades femeninas, más reales, con personalidad propia y singular en cuyas formas se recrea el autor.

 

En la novela cervantina las mujeres, tanto las letradas como las iletradas, las del pueblo llano como las de las clases acomodadas, tienen discurso propio, hablan por sí, con naturalidad, ingenio y talento y, sobre todo, ocupan un lugar social respetado y concreto no segregadodel masculino.

 

Tal es el caso de Dorotea, de la que Américo Castro dice que “muestra la mayor independencia y libertad de pensamiento”. Así es, se presenta como mujer enérgica pero templada y reflexiva que piensa y razona antes de actuar. Comienza expresando el profundo amor que la tenían sus padres y cómo siempre supo “que ellos me casarían con quien yo más gustase”[i]. Es ella quien decide tener relaciones sexuales con don Fernando a quien espeta, según la costumbre castellana: “en tanto me estimo yo, villana y labradora, como tu señor y caballero. Conmigo no ha de ser de ningún efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus palabras han de poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas enternecerme”. A esta mujer, a la que Cervantes presenta como una autoridad en conocimientos de libros de caballería, tan segura de sí misma, tan rotunda en su discurso, tan soberana en todos los aspectos de la vida, también en el sexual, Salvador de Madariaga le dedica un capítulo de su “Guía para el lector del Quijote” que titula “Dorotea o la listeza”. En él destaca “su facilidad de palabra, tan sugestiva por su rapidez como por su propiedad, de una viveza excepcional de observación y comprensión; así como una inteligencia muy hecha a manejar ideas”. Sería muy difícil que un personaje así se construyera sobre la base de la nada en una sociedad en la que las mujeres fueran sometidas de forma tan rígida como pretende hacernos creer la ortodoxia académica dispuesta a rehacer la historia y la literatura según su deformado credo.

 

Las virtudes de Dorotea no son excepcionales, pues tan resuelta y decidida como ella se presenta Marcela que, aunque “su tío y todos los del pueblo se lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar y dio en guardar su mesmo ganado”. Marcela hace un discurso sobre la libertad y el amor de contenido y envergadura filosófica: “el verdadero amor no se divide y ha de ser voluntario y no forzoso (…) tengo libre condición y no gusto de sujetarme a nadie”. Tal discurso lo hace ante un grupo de hombres que escuchan con un respeto, no fingido ni de cortesía, sino auténtico.

 

Las mujeres reales en Cervantes, todas, Dorotea, Marcela, Zoraida la mora, Altisidora, etc., sonmujeres soberanas, enérgicas y hasta soberbias en la defensa de sus libertades, no buscan protección, no demandan privilegios, no las veremos cobardes ni apocadas, incluso las más rústicas, Aldonza Lorenzo, Maritornes, Torralba, Teresa Panza, son mujeres fuertes, espontáneas, despiertas y avispadas en la brega de la vida; Luscinda, mujer volcada en la pasión amorosa, entregada al amor por Cardenio, no es con todo, una personalidad ñoña, su romanticismo es dolorido y auténtico, también tiene fuerza interior. Cervantes se recrea en las figuras femeninas dándoles una forma tan singular y original que resulta evidente que están recogidas del estudio de la realidad social, pero ante todo refuerza tres elementos de la personalidad femenina: la inteligencia, la fuerza y el sentimiento de libertad.

 

No hay contradicción entre la exaltación que hace el Quijote de la mujer idealizada, tomada del canon de la novela de caballería, que expresa la reverencia masculina hacia la feminidad como elemento esencial de nuestra cultura (como manifiesta Denis de Rougemont en “El amor y Occidente”) y la representación de figuras de mujer tan realistas y originales. La existencia de un ideal poético del amor es un parapeto al imaginario patriarcal contra el que se yergue el cristianismo. La divinización de la mujer es un freno, un límite, a la reaparición de un patrón de lo masculino agresivo y dominador, vinculada al ascenso del Estado y sus estructuras, al que, con buen criterio, no se considera vencido para siempre.

 

Cervantes, recogiendo la complejidad de lo real, asocia la sublimación de la mujer con el dibujo de esas personalidades femeninas, singulares y lejos de cualquier estereotipo, que no precisan del amparo de nadie, que se mueven con libertad, hablan con aplomo y con firmeza, argumentan con penetración e inteligencia, manejan el lenguaje con maestría, son audaces y resueltas, y, sobre todo, son escuchadas con reverencia y consideración magnífica por los hombres. Nada más lejos de esa imagen exaltada del pasado que se ha fabricado en las cátedras al abrigo del poder.

 

No podemos aceptar que estas mujeres sean personajes excepcionales ajenos por completo al contexto social en que se presentan, pues la novela, toda ella, recrea la visión cervantina de su tiempo. Es además posible reconocer la existencia de otras mujeres reales, no noveladas, que viven y actúan con la misma liberalidad que las dibujadas por Miguel de Cervantes, por ejemplo, María de Zayas cuyas “Novelas amorosas y ejemplares” no sólo son una joya literaria, que suman al rico lenguaje el arte de presentar escenas de fuerte contenido sexual sin grosería ni pacatería, en las que las mujeres se desenvuelven con completa naturalidad. María hace profesión de fe anti sexista con una frase magnífica: “las almas no son hombres ni mujeres”. Su obra tuvo un éxito notable en su época, conociendo un gran número de reediciones durante el siglo XVII, lo que demuestra que no había censura especial para la escritura femenina.

 

Las libertades mujeriles llamaron la atención de numerosos viajeros que visitaron Castilla en la época. En 1595 un sacerdote italiano escribe sobre las españolas: “son muy animadas por la gran libertad de que disfrutan (…) hablan bien y son prontas a la réplica; tienen, sin embargo, tanta libertad que a veces parece exceden el signo de la modestia y el término de la honestidad”[ii].

 

Da la sensación de que la tradicional libertad femenina fue uno de los escollos que la iglesia encontró para imponer los acuerdos de Trento, hacia los que hubo una resistencia social formidable. La igualdad entre mujeres y hombres estaba tan arraigada en la península que todavía en el siglo XVI se encuentra un monasterio dúplice, el de Santa María de Piasca, en Cantabria, que en el momento de su disolución por mandato de las autoridades eclesiásticas tenía una abadesa elegida que dirigía la comunidad.

 

Si rastreamos a la mujer real anterior a la revolución liberal, encontramos un ser con entidad y voz propia, con un lugar social distintivo no subordinado, con capacidad de manifestar su personalidad y sus anhelos en todas las regiones de la existencia humana. En lo referente a las relaciones afectivas y sexuales con los varones tiene iniciativa personal; ello es evidente en las Canciones de Amigo, comunes en los Cancioneros hispanos desde el siglo XIII al XV, en las que vemos que es la voz de la mujer la que se expresa, la llamada al amado al que se insta al encuentro amoroso, también carnal: “Amigo el que yo más quería/venid al alba del día”. Es una voz femenina con sentimientos sensuales propios. De la larga pervivencia de esta concepción da idea que en “Olivar de los Pedroches (Tradiciones y folklore)” de Manuel Moreno Valero, texto que recoge costumbres, recuerdos y canciones de esa comarca, se cite un cancioncilla popular con la misma estructura que las Canciones de Amigo, que dice: “Esta noche y la pasada/¿porqué no viniste, amor/si estaba la luna clara/eres buen andador/y sabías que te esperaba?”

 

También es posible evidenciar la importancia de la actividad de la mujer en la vida económica del pueblo, su participación libre y particular en las labores y trabajos que procuran la satisfacción de las necesidades básicas de la comunidad. Aunque, en general, hubo una cierta división sexual de las tareas, no era ésta rígida ni hermética pues las féminas podían desarrollar oficios que han sido considerados tradicionalmente masculinos. Está documentado por el Catastro de Ensenada en 1752, en la villa de Atienza, la existencia de siete mujeres que ejercen de tratantes de ganado, y seis de ellas comercian con ganado mayor, con mulas[iii], lo que demuestra que las féminas no tenían vedada su participación en ninguna actividad y que las que lo deseaban accedían a esas profesiones. Incluso para los varones la trata de ganado era considerado un oficio “golfo”, implicaba moverse en un territorio relativamente amplio, a menudo solas, valerse y defenderse por sí mismas, conocer el negocio, lo que entrañaba entender de ganado tanto como del comercio, tener facilidad de palabra, percepción de la psicología del comprador, manejar dinero y tener talante negociador, entre otras facultades muy necesitadas de inteligencia práctica y conocimientos concretos. Estas ocupaciones, en realidad casi todas las tareas que se desarrollaban en un ámbito no salarial ni ultraespecializado, proporcionaban a las mujeres la posibilidad de desplegar todo su potencial y su ingenio, por lo que es lógico que fueran vistas, como lo hace Cervantes, como modelo de seres inteligentes, dotados de juicio vivo y penetrante y gran capacidad expresiva.

 

La comparación de esta feminidad preliberal, popular, con la actual en construcción según el paradigma feminista, ilustra la gran pérdida de autonomía e identidad diferenciada y singular que conoce en la sociedad moderna la mujer. La mujer que construye el feminismo no goza de una conciencia, digna de tal nombre, ni de sí misma ni del mundo que le rodea, pues es sujeto construido desde fuera por los aparatos de adoctrinamiento, la universidad en primer lugar, también el mundo de la información-propaganda, la industria del entretenimiento y el aparato funcionarial del bienestar, por lo que está en vías de perder la propia inteligencia como instrumento para interpretar el mundo y poder actuar sobre él.

 

La personalidad moderna y “emancipada” es uniformizada según los dogmas de la nueva vulgata que marca un patrón de vida y de comportamiento obligatorio. El trabajo asalariado hace que la mayor parte de la existencia femenina no sea autónoma, sino que esté dirigida por la jerarquía empresarial. Se imponen jornadas cada vez más largas y quehaceres repetitivos, parciales y especializados que impiden comprender la totalidad de los asuntos en los que se implica, con lo que decrecen igualmente su pensamiento creativo y sus habilidades prácticas; además, no permite la toma de decisiones en cuestiones decisivas (ni siquiera las mujeres que ocupan puestos medios en la jerarquía laboral lo hacen). La empresa aspira a acaparar todo el tiempo de la mujer de manera que apenas le queda espacio de vida en la que elegir con albedrío.A la mujer del siglo XXI se le prohíbe o se le impide la maternidad, el amor y la familia, experiencias que son demonizadas por el discurso enloquecedoramente repetido de la propaganda del sistema.

 

El victimismo y el narcisismo acosan la capacidad de raciocinio y reflexión de la mujer de este siglo, pues quienes se dejan llevar por esas emociones no pueden tener conciencia libre e independiente de las cosas, porque la furia y el rencor nublan la inteligencia. Al haber sido convencidas de que son la víctima de los hombres y que no podrán sacudirse el yugo del patriarcado si no es bajo la tutela del Estado, se tornan flojas, débiles y pusilánimes buscando permanentemente la protección institucional, esperándolo todo del nuevo pater familias estatal.

 

¿Qué queda de la inteligencia femenina cuando la mujer se deja arrastrar por la dogmática del sexismo político? Muy poco, pues deja de usar su propio entendimiento para resolver los problemas de la vida, los conflictos interpersonales y su propia auto-construcción; para tomar decisiones, elegir su forma de estar en el mundo y de pensar. La inteligencia también es imprescindible para conseguir la fortaleza necesaria y conquistar la libertad básica, por eso la destrucción del pensamiento libre en la mujer es feminicidio, porque supone la muerte de lo más radical de su naturaleza humana, aniquila la libertad en su forma más esencial, convirtiéndola en un títere, un cadáver humano sin voz ni existencia propias.

 

Cervantes destaca de la mujer su valía como ser pensante, su capacidad para comprender, comunicar y actuar con albedrío, mientras el feminismo moderno convierte al sujeto femenino en un fantoche, un cuerpo sin alma, un despojo humano. Tal es la mujer ideal elaborada en las alturas por el moderno ser supremo, el Estado; la mujer real del presente se halla en algún punto intermedio entre sus semejantes en la historia pasada y ese prototipo que se impone desde las alturas del poder, más alejada cuanto mayor es la resistencia a los planes estatales. Por ello recuperar la libertad de pensar, de entender el mundo circundante sin tutelas ni supervisión de las instituciones es, por sí, un agente de emancipación, probablemente el más importante de todos, pues supone recuperar la conciencia libre.

 

Otro elemento que llama la atención es el hecho de que en la novela cervantina las mujeres y los hombres pertenecen al mismo mundo, el diálogo entre la masculinidad y la feminidad es un diálogo entre pares cuya originalidad manifiesta, entre otras particularidades, su personalidad sexuada. La rotunda presencia de la mujer no actúa como factor de conflicto ni antagonismo, no hay resistencia de los varones y la afirmación femenina es socialmente reconocida como un fundamento positivo de la vida comunitaria. Es el respeto, más que la uniformidad igualitarista, lo que prima en las relaciones entre los sexos. Eso permite que la mujer tenga un lugar propio, que su forma diferente y original de expresarse tenga un espacio con el mismo prestigio social que el masculino. Gracias a ello la mujer no ha de negar su feminidad para tener influencia social.

 

En el presente los sexos han sido separados de forma fundamental; esta segregación impone el desconocimiento mutuo y el mutuo miedo a lo desconocido,  impide el intercambio desde lo característico de cada sexo, es decir, empobrece a los hombres y a las mujeres por igual, aislándoles en un universo sin diversidad ni complejidad, de modo que no entienden al otro sexo, no entienden la realidad exterior ni pueden entenderse y construirse a sí mismos. Respecto a las mujeres del Quijote, la figura femenina del siglo XXI se desdibuja como un ente sin un lugar y discurso propio, ello es la concreción del feminicidio en curso.

 

 

 

[i]Esta frase rotunda refleja la forma real como se produce el matrimonio en las clases populares a lo largo de nuestra historia, un modelo que se inscribe en el ideario cristiano que exige que sean el amor y la libre elección las condiciones del matrimonio. Es ello una peculiaridad de la cultura occidental muy alejada de las grandes culturas patriarcales islámicas y asiáticas. Hoy sigue habiendo miles de mujeres muertas, y algunos hombres también, en la India, Pakistán y muchos otros países por no respetar el mandato de las familias en cuanto al matrimonio. En la India, por ejemplo, se considera que “una mujer que escoge a su pareja es una puta” (La Vanguardia, 2-10-2011). Es un hecho cierto que la misoginia más fanática deplora siempre la impronta cristiana de la cultura occidental; una figura señera de la fobia a lo femenino es Schopenhauer quien lamenta “la galantería y la estúpida veneración germano cristiana hacia la mujer”.

 

 

[ii]Citado por García Mercadal en “España vista por los extranjeros”, Madrid (1917-1920?).

 

 

[iii]Así aparece recogido en el Catastro de Ensenada y, si bien no hemos hecho un estudio exhaustivo de este fundamental documento, es evidente que no es un caso excepcional. Sabemos también por las respuestas generales que en el pueblo de Carreño, en Asturias, se cita a cuatro mujeres tratantes de lino que acarrean, como trajinantes, sus cargas a Castilla. Un estudio riguroso y desprejuiciado de este excepcional documento arrojaría mucha luz sobre la auténtica posición social de la mujer en el pasado.

 

Por Prado Esteban

quijote

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Archivado bajo Feminidad, Feminismo, Historia, Literatura

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