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DISNEY: DE FÁBRICA DE SUEÑOS A INDUSTRIA DE INFANCIAS ROTAS.

“De los idílicos reinos de princesas a escándalos de sexo, alcohol y drogas. Las estrellas iconos de Disney ofrecen retratos que en nada recuerdan a los valores que mostraba en sus orígenes la megafactoría.

Disney Channel, el famoso canal de televisión de la marca infantil y familiar (o eso pensábamos y tal cual se vendía) refleja la sencilla fórmula: moldear a un niño hasta convertirlo en ídolo e icono, se le saca la máxima rentabilidad económica y, cuando la criatura ya está amortizada -generalmente cuando ya están demasiado creciditos para un público infantil-, buscan al próximo “producto”. Una inteligente técnica de negocio que, no obstante, da como resultado una gran cantidad de ‘juguetes rotos’, jóvenes que rompen con su pasado feliz de Disneylandia a base de fiestas, drogas, sexo, excesos y escándalos que ocupan las primeras páginas de los medios”.

Quizás lo más difícil es explicarle a nenas y nenes que sus personajes favoritos llevan nuevos estilos de vida que ya no son tan admirables… ¿Serán capaces de entenderlo o creerán que ellos también podrían vivir en los excesos y el ridículo y ser felices? Y parece que la fórmula seguirá repitiéndose. Nosotros ¿seguiremos consumiéndola?

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¡Felicidades!

Para los que celebren por motivos religiosos, por motivos culturales o por tradición… ¡Nuestros mejores deseos para ustedes! 

Y si el sistema hace de estas celebraciones un asunto comercial, por lo menos aprovechemos la ocasión para regalar cultura y conocimiento… ¡Nada mejor que un LIBRO! 

¡FELICIDADES!

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La Mujer y la “cultura plástica”.

Un poco de humor dentro de la locura de la época moderna, en que reinan el individualismo y el culto a los cuerpos plásticos. ¿Hacia dónde nos dirigimos las mujeres?

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Vulgaridad a la moda.

Por LESLIE DÍAZ MONSERRAT, periodista cubana.

La vida corre.  Las tecnologías impusieron su propio compás acelerado. En un año el mercado renueva conceptos, tecnologías, aplicaciones y los aparatos se suceden unos tras otros, en una carrera sin fin hacia la perfección miniaturista.

En este escenario mandan las modas. La imagen se erige como la carta de presentación del hombre posmodernista. La gente tiene sed de novedad y por ello imita los patrones de vida  impuestos por la Industria Cultural.

Cuba también es parte de esta dinámica de consumo de bienes culturales y, aún sin proponérselo, importa conceptos impregnados de banalidad, los cuales se transmiten, como una epidemia, entre los  jóvenes y adolescentes. 

Muchos de ellos, en aras de parecer modernos o chic, se construyen una imagen vulgar, la cual acompañan de comportamientos inadecuados. Pasan el día atados a su celular y como resultado asumieron el dialecto SMS. Casi no se entiende lo que dicen. Parecería que renunciaron al lenguaje de Cervantes, aunque sueltan, a viva voz y en cualquier lugar, un ensarte de malas palabras. 

Ellos son los jóvenes modernos: los amantes de la música electrónica, los nacidos y criados en la era del video juego. Viven con el afán de cambiar cada cierto tiempo sus IPhones, Computadoras, memorias flash. No tienen sentido del límite. A las señoras mayores les dicen pura, y a las cuarentonas tías. Desconocen las bondades del silencio en los lugares públicos. Olvidaron palabras como las gracias y las buenas tardes. 

Siempre visten al último grito de la moda. Sus gafas Ray Ban, la ropa de marca, y su peinado al estiloYonky. Las mujeres adoran sus shorts cortos y los usan para todas las ocasiones. Hasta protestan cuando los empleados del teatro les impiden la entrada por su vestimenta.Ahora, a la vulgaridad se le confunde con el swing y para estar a la moda hay que asumir patrones irreverentes, esos que se preconizan entre los pandilleros de los barrios bajos de Nueva York. 

Las mujeres modernas casi nunca exigen flores en sus encuentros amorosos, pero se derriten con una canción de reguetón, en cuya letra se pueden encontrar palabras tan “románticas” como perra, zorra, mamita… El hombre que pide permiso, está chapado a la antigua y cualquier gesto de galantería parece propio del siglo XVI. 

El fenómeno traspasa el mundo farandulero. Una película cubana que se “respete” precisa de unas cuantas groserías  en su guión, eso sin hablar de las escenas de sexo duro, las cuales rozan con la pornografía, aunque muchos las resguarden bajo el cómodo concepto de arte. Por otro lado, algunas maestras bien jóvenes reciben a sus alumnos con el vestuario inadecuado y al regañarlos usan unas cuantas palabras prohibidas por la Real Academia de la Lengua Española. 

La vida corre y lo hace tan de prisa que las buenas costumbres y las normas de educación no logran alcanzarla. Con tantas tecnologías, los jóvenes no pueden pensar con claridad y ahora desaprenden a hablar. Al parecer, la vulgaridad está en onda y la quieren vestir con las ropas de lo moderno. A cada momento el mercado anuncia un nuevo invento. Sobran aplicaciones, modelos de cell phone, estilos de uñas acrílicas. Los dandis de hoy, dejaron de ser los chicos ilustrados del siglo XIX. 

La gente no tiene tiempo para percatarse de las esencias, ni siquiera para comprender las abismales diferencias entre las modas, lo sofisticado y la vulgaridad. La vida corre ¡Qué lástima!

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La música y la mujer.

“La música es una mujer. La naturaleza de la mujer es el amor, pero este amor es receptivo y se entrega incondicionalmente en la percepción”. (Richard Wagner)

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diciembre 9, 2013 · 12:16 am

Lectura y Paraíso.

“Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Jorge Luis Borges

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diciembre 2, 2013 · 12:28 am

La mujer espartana.

Los indoeuropeos eran pueblos rotundamente patriarcales, cuya palabra más representativa es precisamente “patria”, proveniente del latín pater (padre) ―la palabra representativa de mater (madre) es “materia”. Esparta misma era patriarcal hasta la médula, pero como veremos, los espartanos no eran en modo alguno injustos u opresores con sus mujeres, sino que éstas gozaban de una libertad imposible en sociedades más afeminadas, donde todo se centra en el materialismo y el disfrute de los goces terrenales pasajeros, y la mujer pasa a ser una hetaira, un objeto pasivo de disfrute y de culto distorsionado. 

 

Esparta, un Estado tan duro y tan viril, era el más justo de la Hélade en todo lo tocante a sus mujeres, y no precisamente porque las consintiese, adulase o malcriase. Esparta fue el único Estado helénico que instituyó una política de educación femenina, al margen de los conocimientos del hogar y de los niños que toda mujer debía poseer. Fue asimismo el Estado con mayor índice de alfabetización de toda la Hélade, pues a las niñas espartanas se les enseñaba a leer igual que a sus hermanos, a diferencia del resto de Grecia, donde las mujeres eran analfabetas. 

 

Los espartanos que pensaban en su hogar debían, pues, siempre pensar en términos de madre, hermanas, esposa e hijas: la Patria, el ideal sagrado, tenía un carácter femenino, y proteger la Patria equivalía a proteger sus mujeres. Los hombres no se protegían a sí mismos: ellos eran la lejana coraza que defendía al corazón, al núcleo sagrado, y se inmolaban en honor de ese corazón. En Esparta más que en ningún otro sitio, las mujeres representaban el círculo interior, mientras que los hombres representaban la muralla externa protectora.

 

Lo principal en la formación femenina era la educación física y la “socialista”, que consagraba sus vidas a su Patria ―como los hombres, sólo que en su caso el deber no era derramar su sangre en el campo de batalla, sino mantener vivo el hogar, proporcionar una progenie sana y fuerte a su estirpe, y criarla con sabiduría y esmero. Alumbrar, dar a luz, ése es el fruto del instinto femenino que renueva a la raza; ésa era la misión que se les inculcaba a las muchachas de Esparta.

 

 

Las espartanas corrían, boxeaban y hacían lucha libre, además de lanzamiento de jabalina y de disco, natación, gimnasia y danza. Aunque sí participaban en los torneos deportivos espartanos, les estaba prohibido hacerlo en los juegos olímpicos, debido al rechazo de los demás pueblos helénicos, infectados por la mentalidad según la cual una “señorita” debe pudrirse entre cuatro paredes. Vemos que, mientras las esculturas griegas representan bien el ideal de belleza masculina (piénsese en el “discóbolo” de Mirón), no se acercan lo más mínimo al ideal de belleza femenina: todas las estatuas femeninas representaban a mujeres amorfas, poco sanas, poco naturales y nada atléticas, si bien de facciones faciales perfectas. Si los espartanos nos hubiesen legado esculturas de mujeres, habrían representado mucho mejor su ideal de belleza, pues ellos, a diferencia de los demás helenos, sí tenían un ideal femenino claramente definido, y tenían claro cómo tenía que ser una mujer.  

 

En cuanto a la austeridad femenina, era también pronunciada (si bien no tanto como la que practicaban los hombres), especialmente si la comparamos con la conducta de las demás griegas, ya aficionadas a los colores, la superficialidad, las decoraciones, los objetos, y ya con ese atisbo de “consumismo” típico de sociedades civilizadas. Las espartanas ni siquiera conocían los extravagantes peinados procedentes de Oriente, y solían llevar, como signo de su disciplina, el pelo recogido con sencillez —seguramente era también lo más práctico para una vida de intensa actividad deportiva. Asimismo, todo tipo de maquillajes, adornos, joyas y perfumes eran desconocidos e innecesarios para las mujeres de Esparta, que desterraban altivamente toda esa parafernalia meridional. Séneca dijo que “la virtud no necesita adornos; ella tiene en sí misma su máximo ornato”.

 

En algunas ceremonias, las jóvenes cantaban sobre los varones que habían realizado grandes proezas, o bien infamaban al que se había conducido mal. Ellas eran, de alguna manera, la voz exigente del inconsciente colectivo espartano, que velaba por el arrojo y la conducta de los hombres. No sólo era en las canciones que vertían sus opiniones, sino en la vida pública: no pasaban ni una, no eran indulgentes, sino que criticaban siempre al cobarde y elogiaban al valiente. Para los hombres de honor, las opiniones sobre el valor y la hombría tenían más importancia si procedían de voces femeninas dignas de respeto: las críticas eran más punzantes y las alabanzas más reconstituyentes. Según Plutarco, las espartanas “engendraban en los jóvenes una ambición y emulación laudables”. Es por ello que, en el caso de los espartanos, las relaciones con las mujeres no los ablandaban, sino que los endurecían aun más, ya que ellos preferían ser valientes y conquistar la adoración de tales mujeres. 

 

¿Y cuál fue el resultado de la educación patriarcal espartana para las jóvenes? Fue una casta de mujeres al borde de la perfección, mujeres severas, discretas y orgullosas. La feminidad espartana tomó el aspecto de jóvenes atléticas, alegres y libres, pero a la vez graves y sombrías. Eran, como las valkirias, la compañera perfecta del guerrero. Mujeres-trofeo en tanto que aspiraban al mejor hombre, pero físicamente activas y audaces; muy alejadas, pues, del ideal de “mujer-objeto”. 

 

Las mujeres espartanas eran superiores en todos los aspectos a las demás mujeres de su tiempo y, por supuesto, a las mujeres actuales. Incluso en virtudes físicas, valor y dureza aventajarían a la mayoría de hombres modernos. Su severidad daba la mejor compañía a sus esposos y la mejor crianza a sus hijos, y a cambio exigía los mayores sacrificios. Los espartanos creían que en sus mujeres residía un don divino, y no eran las espartanas quienes les iban a convencer de lo contrario, de modo que procuraban estar a la altura de la devoción que sus hombres les profesaban. Asimismo, las mujeres estaban convencidas de que en sus hombres habitaban esa nobleza, valor, sinceridad, poder y rectitud típicamente masculinos, junto con la noción del deber, del honor y la disposición al sacrificio, y los hombres procuraban también mantenerse a la altura de tal ideal. De nuevo, encontramos que la mujer antigua no ablandaba al hombre, sino que ayudaba a mejorarlo y perfeccionarlo, pues el hombre sentía la necesidad de mantener la integridad ante semejantes mujeres, de modo que las mujeres se mantenían alerta y hacían lo propio ante los varones, teniendo presente en sus mentes que ellas constituían por sí mismas ideales por los que sus hombres estaban dispuestos a sacrificarse. De tal modo, se creaba un círculo virtuoso. La mujer no era un motivo para abandonar la lucha, sino precisamente un motivo para luchar con más fanatismo aun.

 Extraído de “Esparta y su Ley”, de Eduardo Velasco

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Cynisca, princesa espartana quien fue la primera mujer en ganar los juegos Olímpicos. 

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