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La visión de la mujer popular en la sociedad preliberal: figuras femeninas del Quijote.

La estela magnífica de la respetuosa y amorosa concordia entre los sexos de nuestra Edad Media pervivió de formas diversas hasta la revolución liberal. La consideración y prestigio social de la mujer, basada en la participación social en igualdad con los hombres, es un hecho que puede ser rastreado en la literatura tanto como en la historia.

 

La figura femenina en el Quijote merece una reflexión aparte. Nadie pone en duda que la ficción cervantina es una meditación profunda y personal sobre su época, y, por ello, los personajes femeninos muestran tanto la singular visión del autor, como la verdadera existencia material de las féminas en el contexto social y cultural que la novela recrea.

 

La lectura desprejuiciada de esta obra señera de la literatura universal nos permite muchas reflexiones profundas sobre la condición humana y derriba numerosos tópicos acuñados por la teoría del progreso. Cervantes presenta dos perspectivas divergentes y complementarias sobre la mujer; por un lado, la mujer idealizada por el amor cortés, que no es una mujer real sino un símbolo de la rendición del varón ante la feminidad poetizada o imaginada y por otro, discurren por sus páginas muchas individualidades femeninas, más reales, con personalidad propia y singular en cuyas formas se recrea el autor.

 

En la novela cervantina las mujeres, tanto las letradas como las iletradas, las del pueblo llano como las de las clases acomodadas, tienen discurso propio, hablan por sí, con naturalidad, ingenio y talento y, sobre todo, ocupan un lugar social respetado y concreto no segregadodel masculino.

 

Tal es el caso de Dorotea, de la que Américo Castro dice que “muestra la mayor independencia y libertad de pensamiento”. Así es, se presenta como mujer enérgica pero templada y reflexiva que piensa y razona antes de actuar. Comienza expresando el profundo amor que la tenían sus padres y cómo siempre supo “que ellos me casarían con quien yo más gustase”[i]. Es ella quien decide tener relaciones sexuales con don Fernando a quien espeta, según la costumbre castellana: “en tanto me estimo yo, villana y labradora, como tu señor y caballero. Conmigo no ha de ser de ningún efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus palabras han de poder engañarme, ni tus suspiros y lágrimas enternecerme”. A esta mujer, a la que Cervantes presenta como una autoridad en conocimientos de libros de caballería, tan segura de sí misma, tan rotunda en su discurso, tan soberana en todos los aspectos de la vida, también en el sexual, Salvador de Madariaga le dedica un capítulo de su “Guía para el lector del Quijote” que titula “Dorotea o la listeza”. En él destaca “su facilidad de palabra, tan sugestiva por su rapidez como por su propiedad, de una viveza excepcional de observación y comprensión; así como una inteligencia muy hecha a manejar ideas”. Sería muy difícil que un personaje así se construyera sobre la base de la nada en una sociedad en la que las mujeres fueran sometidas de forma tan rígida como pretende hacernos creer la ortodoxia académica dispuesta a rehacer la historia y la literatura según su deformado credo.

 

Las virtudes de Dorotea no son excepcionales, pues tan resuelta y decidida como ella se presenta Marcela que, aunque “su tío y todos los del pueblo se lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar y dio en guardar su mesmo ganado”. Marcela hace un discurso sobre la libertad y el amor de contenido y envergadura filosófica: “el verdadero amor no se divide y ha de ser voluntario y no forzoso (…) tengo libre condición y no gusto de sujetarme a nadie”. Tal discurso lo hace ante un grupo de hombres que escuchan con un respeto, no fingido ni de cortesía, sino auténtico.

 

Las mujeres reales en Cervantes, todas, Dorotea, Marcela, Zoraida la mora, Altisidora, etc., sonmujeres soberanas, enérgicas y hasta soberbias en la defensa de sus libertades, no buscan protección, no demandan privilegios, no las veremos cobardes ni apocadas, incluso las más rústicas, Aldonza Lorenzo, Maritornes, Torralba, Teresa Panza, son mujeres fuertes, espontáneas, despiertas y avispadas en la brega de la vida; Luscinda, mujer volcada en la pasión amorosa, entregada al amor por Cardenio, no es con todo, una personalidad ñoña, su romanticismo es dolorido y auténtico, también tiene fuerza interior. Cervantes se recrea en las figuras femeninas dándoles una forma tan singular y original que resulta evidente que están recogidas del estudio de la realidad social, pero ante todo refuerza tres elementos de la personalidad femenina: la inteligencia, la fuerza y el sentimiento de libertad.

 

No hay contradicción entre la exaltación que hace el Quijote de la mujer idealizada, tomada del canon de la novela de caballería, que expresa la reverencia masculina hacia la feminidad como elemento esencial de nuestra cultura (como manifiesta Denis de Rougemont en “El amor y Occidente”) y la representación de figuras de mujer tan realistas y originales. La existencia de un ideal poético del amor es un parapeto al imaginario patriarcal contra el que se yergue el cristianismo. La divinización de la mujer es un freno, un límite, a la reaparición de un patrón de lo masculino agresivo y dominador, vinculada al ascenso del Estado y sus estructuras, al que, con buen criterio, no se considera vencido para siempre.

 

Cervantes, recogiendo la complejidad de lo real, asocia la sublimación de la mujer con el dibujo de esas personalidades femeninas, singulares y lejos de cualquier estereotipo, que no precisan del amparo de nadie, que se mueven con libertad, hablan con aplomo y con firmeza, argumentan con penetración e inteligencia, manejan el lenguaje con maestría, son audaces y resueltas, y, sobre todo, son escuchadas con reverencia y consideración magnífica por los hombres. Nada más lejos de esa imagen exaltada del pasado que se ha fabricado en las cátedras al abrigo del poder.

 

No podemos aceptar que estas mujeres sean personajes excepcionales ajenos por completo al contexto social en que se presentan, pues la novela, toda ella, recrea la visión cervantina de su tiempo. Es además posible reconocer la existencia de otras mujeres reales, no noveladas, que viven y actúan con la misma liberalidad que las dibujadas por Miguel de Cervantes, por ejemplo, María de Zayas cuyas “Novelas amorosas y ejemplares” no sólo son una joya literaria, que suman al rico lenguaje el arte de presentar escenas de fuerte contenido sexual sin grosería ni pacatería, en las que las mujeres se desenvuelven con completa naturalidad. María hace profesión de fe anti sexista con una frase magnífica: “las almas no son hombres ni mujeres”. Su obra tuvo un éxito notable en su época, conociendo un gran número de reediciones durante el siglo XVII, lo que demuestra que no había censura especial para la escritura femenina.

 

Las libertades mujeriles llamaron la atención de numerosos viajeros que visitaron Castilla en la época. En 1595 un sacerdote italiano escribe sobre las españolas: “son muy animadas por la gran libertad de que disfrutan (…) hablan bien y son prontas a la réplica; tienen, sin embargo, tanta libertad que a veces parece exceden el signo de la modestia y el término de la honestidad”[ii].

 

Da la sensación de que la tradicional libertad femenina fue uno de los escollos que la iglesia encontró para imponer los acuerdos de Trento, hacia los que hubo una resistencia social formidable. La igualdad entre mujeres y hombres estaba tan arraigada en la península que todavía en el siglo XVI se encuentra un monasterio dúplice, el de Santa María de Piasca, en Cantabria, que en el momento de su disolución por mandato de las autoridades eclesiásticas tenía una abadesa elegida que dirigía la comunidad.

 

Si rastreamos a la mujer real anterior a la revolución liberal, encontramos un ser con entidad y voz propia, con un lugar social distintivo no subordinado, con capacidad de manifestar su personalidad y sus anhelos en todas las regiones de la existencia humana. En lo referente a las relaciones afectivas y sexuales con los varones tiene iniciativa personal; ello es evidente en las Canciones de Amigo, comunes en los Cancioneros hispanos desde el siglo XIII al XV, en las que vemos que es la voz de la mujer la que se expresa, la llamada al amado al que se insta al encuentro amoroso, también carnal: “Amigo el que yo más quería/venid al alba del día”. Es una voz femenina con sentimientos sensuales propios. De la larga pervivencia de esta concepción da idea que en “Olivar de los Pedroches (Tradiciones y folklore)” de Manuel Moreno Valero, texto que recoge costumbres, recuerdos y canciones de esa comarca, se cite un cancioncilla popular con la misma estructura que las Canciones de Amigo, que dice: “Esta noche y la pasada/¿porqué no viniste, amor/si estaba la luna clara/eres buen andador/y sabías que te esperaba?”

 

También es posible evidenciar la importancia de la actividad de la mujer en la vida económica del pueblo, su participación libre y particular en las labores y trabajos que procuran la satisfacción de las necesidades básicas de la comunidad. Aunque, en general, hubo una cierta división sexual de las tareas, no era ésta rígida ni hermética pues las féminas podían desarrollar oficios que han sido considerados tradicionalmente masculinos. Está documentado por el Catastro de Ensenada en 1752, en la villa de Atienza, la existencia de siete mujeres que ejercen de tratantes de ganado, y seis de ellas comercian con ganado mayor, con mulas[iii], lo que demuestra que las féminas no tenían vedada su participación en ninguna actividad y que las que lo deseaban accedían a esas profesiones. Incluso para los varones la trata de ganado era considerado un oficio “golfo”, implicaba moverse en un territorio relativamente amplio, a menudo solas, valerse y defenderse por sí mismas, conocer el negocio, lo que entrañaba entender de ganado tanto como del comercio, tener facilidad de palabra, percepción de la psicología del comprador, manejar dinero y tener talante negociador, entre otras facultades muy necesitadas de inteligencia práctica y conocimientos concretos. Estas ocupaciones, en realidad casi todas las tareas que se desarrollaban en un ámbito no salarial ni ultraespecializado, proporcionaban a las mujeres la posibilidad de desplegar todo su potencial y su ingenio, por lo que es lógico que fueran vistas, como lo hace Cervantes, como modelo de seres inteligentes, dotados de juicio vivo y penetrante y gran capacidad expresiva.

 

La comparación de esta feminidad preliberal, popular, con la actual en construcción según el paradigma feminista, ilustra la gran pérdida de autonomía e identidad diferenciada y singular que conoce en la sociedad moderna la mujer. La mujer que construye el feminismo no goza de una conciencia, digna de tal nombre, ni de sí misma ni del mundo que le rodea, pues es sujeto construido desde fuera por los aparatos de adoctrinamiento, la universidad en primer lugar, también el mundo de la información-propaganda, la industria del entretenimiento y el aparato funcionarial del bienestar, por lo que está en vías de perder la propia inteligencia como instrumento para interpretar el mundo y poder actuar sobre él.

 

La personalidad moderna y “emancipada” es uniformizada según los dogmas de la nueva vulgata que marca un patrón de vida y de comportamiento obligatorio. El trabajo asalariado hace que la mayor parte de la existencia femenina no sea autónoma, sino que esté dirigida por la jerarquía empresarial. Se imponen jornadas cada vez más largas y quehaceres repetitivos, parciales y especializados que impiden comprender la totalidad de los asuntos en los que se implica, con lo que decrecen igualmente su pensamiento creativo y sus habilidades prácticas; además, no permite la toma de decisiones en cuestiones decisivas (ni siquiera las mujeres que ocupan puestos medios en la jerarquía laboral lo hacen). La empresa aspira a acaparar todo el tiempo de la mujer de manera que apenas le queda espacio de vida en la que elegir con albedrío.A la mujer del siglo XXI se le prohíbe o se le impide la maternidad, el amor y la familia, experiencias que son demonizadas por el discurso enloquecedoramente repetido de la propaganda del sistema.

 

El victimismo y el narcisismo acosan la capacidad de raciocinio y reflexión de la mujer de este siglo, pues quienes se dejan llevar por esas emociones no pueden tener conciencia libre e independiente de las cosas, porque la furia y el rencor nublan la inteligencia. Al haber sido convencidas de que son la víctima de los hombres y que no podrán sacudirse el yugo del patriarcado si no es bajo la tutela del Estado, se tornan flojas, débiles y pusilánimes buscando permanentemente la protección institucional, esperándolo todo del nuevo pater familias estatal.

 

¿Qué queda de la inteligencia femenina cuando la mujer se deja arrastrar por la dogmática del sexismo político? Muy poco, pues deja de usar su propio entendimiento para resolver los problemas de la vida, los conflictos interpersonales y su propia auto-construcción; para tomar decisiones, elegir su forma de estar en el mundo y de pensar. La inteligencia también es imprescindible para conseguir la fortaleza necesaria y conquistar la libertad básica, por eso la destrucción del pensamiento libre en la mujer es feminicidio, porque supone la muerte de lo más radical de su naturaleza humana, aniquila la libertad en su forma más esencial, convirtiéndola en un títere, un cadáver humano sin voz ni existencia propias.

 

Cervantes destaca de la mujer su valía como ser pensante, su capacidad para comprender, comunicar y actuar con albedrío, mientras el feminismo moderno convierte al sujeto femenino en un fantoche, un cuerpo sin alma, un despojo humano. Tal es la mujer ideal elaborada en las alturas por el moderno ser supremo, el Estado; la mujer real del presente se halla en algún punto intermedio entre sus semejantes en la historia pasada y ese prototipo que se impone desde las alturas del poder, más alejada cuanto mayor es la resistencia a los planes estatales. Por ello recuperar la libertad de pensar, de entender el mundo circundante sin tutelas ni supervisión de las instituciones es, por sí, un agente de emancipación, probablemente el más importante de todos, pues supone recuperar la conciencia libre.

 

Otro elemento que llama la atención es el hecho de que en la novela cervantina las mujeres y los hombres pertenecen al mismo mundo, el diálogo entre la masculinidad y la feminidad es un diálogo entre pares cuya originalidad manifiesta, entre otras particularidades, su personalidad sexuada. La rotunda presencia de la mujer no actúa como factor de conflicto ni antagonismo, no hay resistencia de los varones y la afirmación femenina es socialmente reconocida como un fundamento positivo de la vida comunitaria. Es el respeto, más que la uniformidad igualitarista, lo que prima en las relaciones entre los sexos. Eso permite que la mujer tenga un lugar propio, que su forma diferente y original de expresarse tenga un espacio con el mismo prestigio social que el masculino. Gracias a ello la mujer no ha de negar su feminidad para tener influencia social.

 

En el presente los sexos han sido separados de forma fundamental; esta segregación impone el desconocimiento mutuo y el mutuo miedo a lo desconocido,  impide el intercambio desde lo característico de cada sexo, es decir, empobrece a los hombres y a las mujeres por igual, aislándoles en un universo sin diversidad ni complejidad, de modo que no entienden al otro sexo, no entienden la realidad exterior ni pueden entenderse y construirse a sí mismos. Respecto a las mujeres del Quijote, la figura femenina del siglo XXI se desdibuja como un ente sin un lugar y discurso propio, ello es la concreción del feminicidio en curso.

 

 

 

[i]Esta frase rotunda refleja la forma real como se produce el matrimonio en las clases populares a lo largo de nuestra historia, un modelo que se inscribe en el ideario cristiano que exige que sean el amor y la libre elección las condiciones del matrimonio. Es ello una peculiaridad de la cultura occidental muy alejada de las grandes culturas patriarcales islámicas y asiáticas. Hoy sigue habiendo miles de mujeres muertas, y algunos hombres también, en la India, Pakistán y muchos otros países por no respetar el mandato de las familias en cuanto al matrimonio. En la India, por ejemplo, se considera que “una mujer que escoge a su pareja es una puta” (La Vanguardia, 2-10-2011). Es un hecho cierto que la misoginia más fanática deplora siempre la impronta cristiana de la cultura occidental; una figura señera de la fobia a lo femenino es Schopenhauer quien lamenta “la galantería y la estúpida veneración germano cristiana hacia la mujer”.

 

 

[ii]Citado por García Mercadal en “España vista por los extranjeros”, Madrid (1917-1920?).

 

 

[iii]Así aparece recogido en el Catastro de Ensenada y, si bien no hemos hecho un estudio exhaustivo de este fundamental documento, es evidente que no es un caso excepcional. Sabemos también por las respuestas generales que en el pueblo de Carreño, en Asturias, se cita a cuatro mujeres tratantes de lino que acarrean, como trajinantes, sus cargas a Castilla. Un estudio riguroso y desprejuiciado de este excepcional documento arrojaría mucha luz sobre la auténtica posición social de la mujer en el pasado.

 

Por Prado Esteban

quijote

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Mujeres para honrar: María Remedios del Valle, “La Capitana”.

Poco se conoce de sus orígenes y fecha de nacimiento. Era negra y de condición humilde. Estaba casada y se sabe que tenía hijos. Las primeras referencias de su participación en la guerra se remontan a la defensa de la ciudad, durante la primera invasión inglesa. Participó de la misma integrando el Cuerpo de Andaluces.

En 1810 se incorporó al Ejército Auxiliar para la expedición al Alto Perú, en compañía de su marido y de dos hijos. Sólo ella regresó viva de las campañas militares. Se había incorporado en esta operación comandada por el General Manuel Belgrano.

Unos días antes de la Batalla de Tucumán, se presentó ante Belgrano para que le permitiera atender a los heridos en las primeras líneas de combate, pero ante la negativa del general, y empecinada como era, se filtró entre la retaguardia y llegó al centro de la batalla, donde no sólo asistió a los heridos, sino que alentaba a los soldados a derrotar al enemigo. Ante tanto valor desplegado, los soldados comenzaron a llamarla MADRE DE LA PATRIA y Belgrano la nombró Capitana de su Ejército.

María Remedios del Valle representa “la pasión patriótica, el altruismo y el valor de las mujeres que contribuyeron a darnos patria”.

Lamentablemente, El Estado burocrático venció y La Capitana murió como había vivido: en la indigencia y en el olvido; sin monumento que le rinda homenaje y sin una crónica que rescate su vida del olvido.

http://www.eldiaonline.com/maria-remedios-del-valle-la-capitana/

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La mujer espartana.

Los indoeuropeos eran pueblos rotundamente patriarcales, cuya palabra más representativa es precisamente “patria”, proveniente del latín pater (padre) ―la palabra representativa de mater (madre) es “materia”. Esparta misma era patriarcal hasta la médula, pero como veremos, los espartanos no eran en modo alguno injustos u opresores con sus mujeres, sino que éstas gozaban de una libertad imposible en sociedades más afeminadas, donde todo se centra en el materialismo y el disfrute de los goces terrenales pasajeros, y la mujer pasa a ser una hetaira, un objeto pasivo de disfrute y de culto distorsionado. 

 

Esparta, un Estado tan duro y tan viril, era el más justo de la Hélade en todo lo tocante a sus mujeres, y no precisamente porque las consintiese, adulase o malcriase. Esparta fue el único Estado helénico que instituyó una política de educación femenina, al margen de los conocimientos del hogar y de los niños que toda mujer debía poseer. Fue asimismo el Estado con mayor índice de alfabetización de toda la Hélade, pues a las niñas espartanas se les enseñaba a leer igual que a sus hermanos, a diferencia del resto de Grecia, donde las mujeres eran analfabetas. 

 

Los espartanos que pensaban en su hogar debían, pues, siempre pensar en términos de madre, hermanas, esposa e hijas: la Patria, el ideal sagrado, tenía un carácter femenino, y proteger la Patria equivalía a proteger sus mujeres. Los hombres no se protegían a sí mismos: ellos eran la lejana coraza que defendía al corazón, al núcleo sagrado, y se inmolaban en honor de ese corazón. En Esparta más que en ningún otro sitio, las mujeres representaban el círculo interior, mientras que los hombres representaban la muralla externa protectora.

 

Lo principal en la formación femenina era la educación física y la “socialista”, que consagraba sus vidas a su Patria ―como los hombres, sólo que en su caso el deber no era derramar su sangre en el campo de batalla, sino mantener vivo el hogar, proporcionar una progenie sana y fuerte a su estirpe, y criarla con sabiduría y esmero. Alumbrar, dar a luz, ése es el fruto del instinto femenino que renueva a la raza; ésa era la misión que se les inculcaba a las muchachas de Esparta.

 

 

Las espartanas corrían, boxeaban y hacían lucha libre, además de lanzamiento de jabalina y de disco, natación, gimnasia y danza. Aunque sí participaban en los torneos deportivos espartanos, les estaba prohibido hacerlo en los juegos olímpicos, debido al rechazo de los demás pueblos helénicos, infectados por la mentalidad según la cual una “señorita” debe pudrirse entre cuatro paredes. Vemos que, mientras las esculturas griegas representan bien el ideal de belleza masculina (piénsese en el “discóbolo” de Mirón), no se acercan lo más mínimo al ideal de belleza femenina: todas las estatuas femeninas representaban a mujeres amorfas, poco sanas, poco naturales y nada atléticas, si bien de facciones faciales perfectas. Si los espartanos nos hubiesen legado esculturas de mujeres, habrían representado mucho mejor su ideal de belleza, pues ellos, a diferencia de los demás helenos, sí tenían un ideal femenino claramente definido, y tenían claro cómo tenía que ser una mujer.  

 

En cuanto a la austeridad femenina, era también pronunciada (si bien no tanto como la que practicaban los hombres), especialmente si la comparamos con la conducta de las demás griegas, ya aficionadas a los colores, la superficialidad, las decoraciones, los objetos, y ya con ese atisbo de “consumismo” típico de sociedades civilizadas. Las espartanas ni siquiera conocían los extravagantes peinados procedentes de Oriente, y solían llevar, como signo de su disciplina, el pelo recogido con sencillez —seguramente era también lo más práctico para una vida de intensa actividad deportiva. Asimismo, todo tipo de maquillajes, adornos, joyas y perfumes eran desconocidos e innecesarios para las mujeres de Esparta, que desterraban altivamente toda esa parafernalia meridional. Séneca dijo que “la virtud no necesita adornos; ella tiene en sí misma su máximo ornato”.

 

En algunas ceremonias, las jóvenes cantaban sobre los varones que habían realizado grandes proezas, o bien infamaban al que se había conducido mal. Ellas eran, de alguna manera, la voz exigente del inconsciente colectivo espartano, que velaba por el arrojo y la conducta de los hombres. No sólo era en las canciones que vertían sus opiniones, sino en la vida pública: no pasaban ni una, no eran indulgentes, sino que criticaban siempre al cobarde y elogiaban al valiente. Para los hombres de honor, las opiniones sobre el valor y la hombría tenían más importancia si procedían de voces femeninas dignas de respeto: las críticas eran más punzantes y las alabanzas más reconstituyentes. Según Plutarco, las espartanas “engendraban en los jóvenes una ambición y emulación laudables”. Es por ello que, en el caso de los espartanos, las relaciones con las mujeres no los ablandaban, sino que los endurecían aun más, ya que ellos preferían ser valientes y conquistar la adoración de tales mujeres. 

 

¿Y cuál fue el resultado de la educación patriarcal espartana para las jóvenes? Fue una casta de mujeres al borde de la perfección, mujeres severas, discretas y orgullosas. La feminidad espartana tomó el aspecto de jóvenes atléticas, alegres y libres, pero a la vez graves y sombrías. Eran, como las valkirias, la compañera perfecta del guerrero. Mujeres-trofeo en tanto que aspiraban al mejor hombre, pero físicamente activas y audaces; muy alejadas, pues, del ideal de “mujer-objeto”. 

 

Las mujeres espartanas eran superiores en todos los aspectos a las demás mujeres de su tiempo y, por supuesto, a las mujeres actuales. Incluso en virtudes físicas, valor y dureza aventajarían a la mayoría de hombres modernos. Su severidad daba la mejor compañía a sus esposos y la mejor crianza a sus hijos, y a cambio exigía los mayores sacrificios. Los espartanos creían que en sus mujeres residía un don divino, y no eran las espartanas quienes les iban a convencer de lo contrario, de modo que procuraban estar a la altura de la devoción que sus hombres les profesaban. Asimismo, las mujeres estaban convencidas de que en sus hombres habitaban esa nobleza, valor, sinceridad, poder y rectitud típicamente masculinos, junto con la noción del deber, del honor y la disposición al sacrificio, y los hombres procuraban también mantenerse a la altura de tal ideal. De nuevo, encontramos que la mujer antigua no ablandaba al hombre, sino que ayudaba a mejorarlo y perfeccionarlo, pues el hombre sentía la necesidad de mantener la integridad ante semejantes mujeres, de modo que las mujeres se mantenían alerta y hacían lo propio ante los varones, teniendo presente en sus mentes que ellas constituían por sí mismas ideales por los que sus hombres estaban dispuestos a sacrificarse. De tal modo, se creaba un círculo virtuoso. La mujer no era un motivo para abandonar la lucha, sino precisamente un motivo para luchar con más fanatismo aun.

 Extraído de “Esparta y su Ley”, de Eduardo Velasco

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Cynisca, princesa espartana quien fue la primera mujer en ganar los juegos Olímpicos. 

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Mujeres para honrar: Veteranas de Malvinas.

“En Malvinas, bajo el fuego cruzado del teatro de operaciones en el Atlántico Sur, también hubo mujeres argentinas. Civiles, voluntarias. Fueron siete las que pisaron Puerto Argentino y hubo en total unas 20 distribuidas en el corro de buques mercantes que rodeaba la escena de fuego. Seis de ellas eran instrumentadoras del rompehielos Almirante Irízar, entonces convertido en hospital. Otra era una enfermera: la única mujer del buque Formosa, una embarcación célebre por haber burlado dos veces el bloqueo inglés a las islas. Muy jóvenes, habían dejado sus vidas cotidianas para ir a defender la soberanía nacional. Forman un grupo casi desconocido: el de las veteranas de Malvinas”.

“Silvia tenía el pelo muy largo y un novio militar que no tomó a bien que “una mujer” fuera a la guerra (sobre todo porque él debía quedarse en su base a trabajar). Recién ese año, el Ejército Argentino enroló mujeres como enfermeras, y en el ambiente castrense eran vistas como extraterrestres. “Hombres hay muchos, pero guerra hay una sola”, cuenta Silvia que pensó. Entonces le dijo adiós a su novio, se fue a una peluquería y se cortó el pelo bien cortito “porque yo pensaba que mi pelo largo iba a ser un problema práctico en Malvinas, sin comodidades para arreglarlo”. Dice que, como otras chicas de su edad, en ese momento su preocupación mayor era: “¿Qué me pongo para ir a Sunset? Porque en aquella época ya existía.” Pero ella no dudó ni en las cuestiones de estética ni en las de la patria. Se embarcó al día siguiente rumbo al sur”.

“Silvia dice que el peor momento fue cuando se enteraron que habían firmado el cese de hostilidades. Era la rendición. “Todos lloraban, sentían una congoja terrible.” Pero también el regreso a Buenos Aires no fue como lo esperaba: “La gente en la calle ni hablaba de Malvinas. Los años que siguieron fueron de ‘desmalvinización’, yo lo puedo ver en mis hijos, que no tienen mucha información sobre el conflicto. Ahora, la más chica, que tiene 9 años, empieza a interesarse, se está hablando de nuevo del tema.” Dice que la indignó que los medios cubrieran como lo hicieron el casamiento del príncipe Guillermo. Y se pone peor -se le llenan los ojos de lágrimas- cuando dice que vio a un muchachito periodista decir que el príncipe “iría en misión a Puerto Stanley. Nombrar a Puerto Argentino con el nombre que usan los ingleses habla de una gran ignorancia y desinterés acumulado en años. Me da tanta bronca, me dan ganas de llorar. Será que me estoy poniendo vieja”, dice Doris, tocando una de sus medallas de veterana”.

http://tiempo.infonews.com/notas/veteranas-de-malvinas-las-mujeres-argentinas-que-fueron-guerra

veteranas malvinas

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El voto obligatorio femenino cumple 60 años.

Voto femenino

 

En el día de la fecha, el voto obligatorio femenino cumple 60 años. 
¡Honremos el esfuerzo de muchas mujeres para obtenerlo y usémoslo con criterio y responsabilidad!

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noviembre 12, 2013 · 1:11 am

Mujeres en la memoria argentina: Manuela Pedraza.

“Fue una heroína de la Primera Invasión Inglesa. Los días 10, 11 y 12 de agosto de 1806 se combatió encarnizadamente en las calles de Buenos Aires para reconquistarla de manos se sus usurpadores ingleses. Todos participaron en la lucha, las mujeres con el mismo fervor que los hombres. Cuando el combate había llegado a su culminación en la plaza mayor (hoy Plaza de Mayo), donde las fuerzas al mando de Liniers trataban de tomar la Fortaleza (hoy Casa Rosada), una mujer del pueblo se destacó entre los soldados, uno de los cuales era su marido, a quien había resuelto acompañar.

La metralla no la acobardó. Por el contrario, se lanzó al lugar de mayor peligro siempre al lado del soldado de patricios, con el que formaban una pareja de leones. El hombre cayó atravesado por una bala. Manuela tomó su fusil y mató al inglés que había disparado sobre él.

El propio Bartolomé Mitre, rescatando testimonios de la época nos cuenta: “Hasta las mujeres recibieron la corona del triunfo en la cabeza de una heroína llamada Manuela la Tucumana, que combatiendo en ese día al lado de su marido, mató con sus propias manos un soldado, a quien quitó el fusil, que presentó a Liniers, recibiendo en premio de su hazaña los despachos de alférez”. Estos testimonios corroboran el valor de la “Tucumanesa”, que se hizo público en toda la ciudad; donde todos creían justo y apropiado un reconocimiento”.

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Halloween: su desafortunada manipulación.

Hoy se celebra Halloween. Pero… ¿Qué es realmente Halloween y qué es lo que nos muestran los medios masivos?

Halloween es el nombre acortado del original All Hallows Eve (Víspera de todos los Santos) o Samhain, celebración pagana de origen celta (zona que comprendía Irlanda, Galicia, Gran Bretaña, Escocia y norte de Francia) que data de hace unos 2.000 años. En el 1ro de Noviembre los celtas marcaban el final del verano, la cosecha y el comienzo de un próximo frío y oscuro invierno, generalmente asociado con la muerte. Según sus creencias, la noche anterior, el 31 de Octubre, las fronteras entre el mundo de los muertos y de los vivos se borraban, y los espíritus de los muertos podían visitar la tierra. Para protegerse de estos espíritus, los habitantes de estas zonas dejaban ofrendas de frutas y nueces en las entradas de sus casas; de esta forma saciaban el hambre de las almas vagabundas. También se encendían fogatas o se armaban lámparas con vegetales como forma de protección. Al día siguiente celebraban el Día de Todos los Santos. Cuando el Cristianismo surgió en Europa, el Día de todos los Muertos y el Día de Todos los Santos se siguieron conmemorando, transformando algunos aspectos de estas tradiciones. En Argentina estas celebraciones tienen lugar el 1ro y el 2 de Noviembre respectivamente.

Muy poco de la verdadera esencia de Halloween se mantiene en la actualidad. Lamentablemente es una festividad muy comercializada y la mayor parte de la gente sólo sabe de ella lo que ve en películas y televisión, o sea, la imagen de una celebración consumista y lejana a las tradiciones nacionales. Es muy triste que se lucre a partir de algo que solía ser sagrado para quienes lo practicaban, como también es triste que se promueva una falsa representación de lo que en verdad era esta festividad.

Un tema controversial es si debería o no celebrarse Halloween en Argentina. La respuesta en este caso no es blanco o negro: muchos argentinos tienen ascendencia en las regiones de Europa donde esta celebración tenía lugar y pueden sentirse atraídos por la idea de que quizás sus antiguos ancestros fueron parte de ella. Por ende, participar de Halloween es una decisión muy personal y no vamos a predicar nada al respecto de “qué está bien y qué no”. Sin embargo, a lo que sí nos oponemos es a la COMERCIALIZACIÓN de esta celebración, a que algunos señores llenen sus bolsillos vendiendo disfraces y golosinas y tergiversen (como suele hacer el sistema cuando manipula algo…) lo que alguna vez fue una valiosa creencia.

Canción: All Souls Night (Noche de todas las Almas), de Loreena McKennitt.

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