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La disputa de la época.

Si antes las parejas permanecían unidas por el ‘Deber’ y no esperaban disfrutar de su relación, hoy las parejas se unen con una gran expectativa de ser felices y pasarlo bien. O sea, que lo que une a la pareja ya no es el ‘Sentido del Deber’ sino el ‘Sentido del Placer’. Cuando miramos a nuestro alrededor vemos que el ideal moderno de relación no es el de permanecer juntos a pesar de todo, sino el de estar continuamente enamorado, el de sentirse continuamente apasionado y sexualmente atraído el uno por el otro y así disfrutar de la vida juntos. Automáticamente abordamos nuestras relaciones con estas expectativas, y cuando estas no se cumplen hay dolor, hay sufrimiento.

Cuando termina la fase de ‘Luna de Miel’ (a los seis meses, al año, tal vez tres años) nos sentimos desilusionados. Cuando irrumpe el dolor, nos desmoronamos. No es lo que esperábamos, no es lo que habíamos proyectado. Y decimos: “Hay algo que no funciona en esta relación; ahora veo que no estamos hechos el uno para el otro. Buscaré a otra persona, alguien con quien pueda compartir más placer y menos dolor.”

Pero el ‘Modelo del Placer’ no es el único problema. Hay otro. Desde hace más o menos cien años las mujeres se han estado sublevando y han estado rechazando ser dominadas por hombres emocionalmente ausentes, inmaduros, arrogantes y a menudo físicamente abusivos. ¿Es esto un problema? No, no en sí mismo. Pero a medida que los hombres se van dando cuenta de la validez de las quejas de las mujeres y se hacen cargo de la demanda de que deben crecer emocionalmente caen en un estado de confusión y desánimo. Cada vez menos mujeres están dispuestas a ser sexualmente utilizadas o a correr detrás de su hombre, por un lado cuidándolo como a un niño y por otro buscando un supuesto sentimiento de admiración. Y los hombres, despojados de su superioridad, dejando de ser ‘cabezas de familia’, retroceden para dar espacio a esta ‘nueva mujer’. Corren tras ella, sirviéndole tazas de té, tratando de complacerla, pero esta clase de masculinidad débil las irrita aún más.

Mientras que antes (en los tiempos del ‘Modelo del Deber’) muchas parejas interpretaban el papel del ‘Papá poderoso y fuerte’ y la ‘Niña indefensa e inútil’, hoy (en los tiempos del ‘Modelo del Placer’) más y más parejas están atrapadas en el rol de ‘Mamá Enfadada – Niño Bueno’. Y las mamás no quieren sexo con sus niños pequeños, lo cual representa un ligero un problema para el ‘Modelo del Placer’.

Las mujeres tienen una memoria emocional que sorprende e impresiona a los hombres. En la pasión de su furia pueden sacar acontecimientos emocionales y datos que el hombre es incapaz de recordar. Mientras ella construye su caso con infinidad de ejemplos para probar la inmadurez y la incompetencia de su pareja (y la de todo el género masculino), para él es como estar delante de una metralleta sintiendo el dolor de las heridas de metralla. Perdido y atrapado en su dolor tiene que contraatacar, o huir, o ambos. Aquí el escenario puede variar un poco, pero básicamente es la misma batalla que se libra en millones de hogares. Es la disputa de la época.

¿Qué difuminaría la disputa de la época? Es precioso ver a las parejas compartiendo el sentido de su relación como un viaje. Un viaje en el cual el desarrollo de la masculinidad del hombre está apoyando el desarrollo de la feminidad de la mujer, y viceversa. Es precioso e inspira un gran respeto ver a los miembros de una pareja sintiéndose aliados, apoyándose y reforzándose mutuamente. Lo que se manifiesta entre un Masculino y un Femenino potenciados es impresionante. Y justamente este potencial grandioso es el que estalla de forma tan dolorosa, tan repetitivamente y tan inconscientemente en los millones de disputas entre parejas que tienen lugar en nuestra época.

http://parejacreadora.blogspot.com.ar/2011/01/la-disputa-de-la-epoca-por-mark-josephs.html

 

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Revolución Sexual, erotismo y wrecking balls.

Las consecuencias de la revolución sexual pueden verse por doquier en nuestra vida cotidiana: desde la opinión de las personas que nos rodean hasta lo que los medios de comunicación intentan transmitirnos. Basta prender el televisor o abrir una página de internet para encontrarnos con imágenes eróticas, imágenes de homosexualidad, mujeres desnudas, bailes sexuales… Videos pornográficos circulan como moneda corriente en grupos de WhatsApp… Nos acostumbramos a esto; el bombardeo es habitual, pero, ¿es normal? ¿De dónde proviene esta característica de nuestros tiempos?

 

Quisiera detenerme particularmente en un caso de imágenes de excesivo erotismo de los últimos días. Recientemente, la joven cantante Miley Cyrus lanzó el videoclip de su nueva canción Wrecking Ball1. En el video, la artista se presenta completamente desnuda, sentada sobre una bola de demolición, haciendo movimientos “sexy” y, según mi opinión, de alto contenido erótico. Este video es un simple caso particular de lo que abunda en nuestra cultura actual: un llamado constante a la exaltación del sexo. Y no es la primera estrella pop que realiza este tipo de presentaciones: es más bien la tendencia que prevalece. Podrían nombrarse más ejemplos, como Britney Spears o Christina Aguilera. Empiezan siendo inocentes cantantes teen, admiradas por niñas, preadolescentes y adolescentes, para luego convertirse en sex symbols, en mujeres altamente provocadoras, que desafían límites constantemente. Parece ser una competencia por ver quién se anima a más, quién sale con menos ropa, quién es más provocadora, quién hace lo más “raro” en público (como cuando Madonna y Britney Spears se besaron en una entrega de premios hace ya diez años). Y lo que es más grave, aun habiendo adquirido estas nuevas características, siguen siendo admiradas por niñas, adolescentes y jóvenes.

 

Ahora bien, ¿de dónde proceden este tipo de manifestaciones? ¿Qué es lo que impulsa esta actitud de rebeldía y falta de pudor?

Claramente, estamos viviendo las consecuencias del movimiento de revolución sexual de los años ´60 y ´70. Motivada principalmente por la búsqueda de ruptura, de liberación y de quiebre con las pautas establecidas, la revolución sexual nos ha dejado ya sin ninguna pauta, sin límites, sin parámetros. O más bien, nos ha dejado una única pauta: libertad absoluta. Por tal motivo, en nuestra cultura actual, “el género —ya no la sexualidad— se elige y la obscenidad se festeja; el acto sexual corresponde sólo a la libertad y el matrimonio se define por la sentimentalidad y el erotismo; la familia es una institución opresora y la prole un límite a la autonomía.”2

Dentro de esta liberación, incluimos especialmente la de la mujer. Por eso, la mujer de hoy puede mostrarse como quiera, hacer lo que quiera, ya no está más sometida a lo que la sociedad le diga, a lo que el hombre le diga, a lo que nadie le diga. ¡La mujer se liberó! Entonces, si quiere filmar un videoclip desnuda, lo hace, porque no hay nada ni nadie que se lo prohíba. Todo lo contrario: la misma sociedad la impulsa (¿u obliga?) a eso.

Con referencia a esto último, cabría preguntarse: ¿estamos ante una real liberación? ¿Se puede hablar de verdadera libertad? ¿No nos habremos convertido en esclavos del sexo, de la manifestación obscena, de la falta de privacidad? ¿No seremos ya esclavos de la misma revolución sexual? ¿No será Miley Cyrus esclava del mandato “cuanto más rebelde, mejor”? La mujer luchó y lucha por sus derechos, pero portando un arma de doble filo que parece dejarla presa de su propia liberación. Sus derechos se convirtieron en obligaciones, en mandatos ineludibles que, en mi opinión, no hacen más que infravalorarla.

 

Aquí aparece, según mi punto de vista, una interesante inconsistencia entre las ideas feministas que subyacen a nuestra cultura y ciertos intereses que permanecen detrás. Por un lado, como fue recién mencionado, luego de la revolución sexual la mujer aparece como liberada, absoluta dueña de sí, protagonista. Rechaza cualquier tipo de sometimiento, especialmente el sometimiento por parte del hombre. Como bien lo explica Simone de Beauvoir, la mujer no quiere ser más lo Otro para un absoluto masculino que la domina.3 La mujer quiere decidir, desarrollarse profesionalmente, ser autónoma. Una de las consecuencias es, entonces, la erotización, la separación del sexo y la vida familiar, la sola búsqueda de placer. Ahora bien, por otro lado, detrás de esta erotización, también se esconden intereses masculinos: la mujer sigue siendo su objeto sexual; quizás ahora más liberado, más público, con menos pudor, pero objeto sexual al fin. ¿Acaso no sigue siendo la mujer una gran víctima del sometimiento masculino, de la complacencia de sus deseos y de su consumo? Esto se mantiene así desde el primer lanzamiento de la revista Playboy en los años ´50: la aparente liberación lleva solapada la más denigrante cosificación de la mujer.

 

Considero que es fundamental encontrar un equilibrio entre la absoluta liberación y el absoluto sometimiento. Y este equilibrio será encontrado principalmente a partir de una correcta interpretación de la dignidad humana y la libertad. Es válida la postura de la revolución sexual y la segunda ola del feminismo en cuanto ponen sobre la mesa profundas desigualdades y abusos que sufría la mujer. Mujeres y hombres comparten la naturaleza humana y, como consecuencia, comparten su dignidad. Ambos son merecedores de derechos. Ambos pueden desarrollarse profesionalmente, laboralmente. Ahora bien, esto no significa que todas las características de la mujer sean una construcción del hombre que intenta someterla. El reconocimiento de la dignidad de la mujer y de sus derechos no puede implicar una emancipación absoluta de todo lo que es natural a ella, de su posición dentro de la familia, de su rol de madre. La liberación no puede ser, además, ausencia de pudor, ausencia de intimidad, ausencia de límite. Reconocer los derechos de la mujer no implica necesariamente la negación del límite, de la naturaleza, sino más bien una correcta lectura de ella, una mirada despierta ante lo que la realidad nos dice. Sólo desde allí surgirá el verdadero obrar libre, el que nos permitirá desarrollar lo propio a través de una adecuada visión integral de lo que es la persona. En cuanto sigamos convirtiendo a las mujeres en objetos sexuales de compra-venta, en cuanto sigamos permitiendo que nuestra sociedad produzca figuras como Miley Cyrus, no habremos alcanzado una real revolución que conduzca hacia la plenitud, sino más bien un movimiento regresivo, autodestructivo de la propia libertad y de los valores más profundos, que parecen quedar escondidos debajo de revistas Playboy y destruidos por wrecking balls.

Por Lucila Coll. 

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El efecto que produce en las mujeres el tener muchas parejas sexuales.

Experta en filosofía yóguica explica que al tener muchas relaciones sexuales con distintos hombres pierden su identidad.

“La energía de un hombre queda plasmada en las mujeres por muchos años, ni siquiera está definido, en cambio la energía de una mujer en el hombre tras tener relaciones se queda solo un ciclo lunar de 28 días y se borra”, sostiene Siri Ram, maestra guía de Yoga Rai. Explica que estas enseñanzas tienen su origen en la filosofía yóguica donde rescatan la naturaleza primaria de la mujer. “Es un ser de mucha sensibilidad y capacidad sensitiva que se entrega por completo con quien se relacione”, dice.

En esta característica de contener al otro, comenta, la mujer se involucra con cada célula de su ser, su intelecto, emociones, con todo su cuerpo, y al hacerlo, se abre completamente al otro. Entonces, “queda plasmada en su siquis, en sus emociones, en su cuerpo físico toda esa energía masculina que el hombre le da al entrar en ella”, afirma.

En otras palabras, asegura, la mujer tiene en su naturaleza el rol de ser vasija, “ella recibe, contiene y en eso se involucra por completo y al ser tan sensible involucra todo su ser”. En cambio, comenta Siri Ram, el hombre presenta una naturaleza de “semilla”. El entrega, siembra. No recibe como lo hace la mujer, por eso, al tener ese papel él entrega y se va. Se vacía en la mujer, de ahí que sea menos permanente el impacto que queda en él”, sostiene.

Desde tiempos pretéritos: “Cuando el hombre salía a cazar y estaba ausente por mucho tiempo, la mujer era la que se quedaba al cuidado de los niños. Entonces la sabia naturaleza otorgó esta posibilidad de resguardar la impronta de su hombre en su ser y si estaba embarazada su hijo no quedaría sin esa energía”, relata la profesora de Yoga Rai sobre los orígenes de esta creencia.

De todas maneras, la especialista recalca que no es una visión machista, sino que son enseñanzas sagradas que rescatan la naturalaza humana. En el yoga, como cualquier disciplina trascendental, el sexo es el acto sagrado de dos almas y “una de las experiencias físicas más cercanas a la unión con el infinito”.

http://www.emol.com/tendenciasymujer/Noticias/2012/07/21/23029/El-efecto-en-las-mujeres-de-tener-muchas-parejas-sexuales.aspx

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